Es importante reconocer la deuda, tanto del público salsero como del ambiente académico, con César Miguel Rondón, pionero en abordar la salsa como un objeto de estudio. Su obra El libro de la salsa: crónica del Caribe urbano (1980) marcó un antes y un después en la manera de entender este fenómeno cultural.
Rondón investigó los orígenes, características e influencias de la salsa, despertando un interés que trascendió la melomanía para convertirse en un campo de reflexión académica. Como señala Ángel Quintero Rivera, se trataba de “otra manera de hacer música”. Muchos conceptos y datos que hoy circulan en la radio, en medios digitales o en la conversación cotidiana de los salseros fueron ya adelantados por Rondón, quien narró la historia que muchos conocimos recién años después gracias a Internet.
En esta reseña se destacan algunos de sus planteamientos principales y se contrasta con las observaciones del antropólogo Alejandro Ulloa, autor de La salsa en Cali (1992) y de La salsa: una memoria histórico-musical.
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Aportes musicales destacados
Rondón afirma que con Eddie Palmieri se inaugura una nueva etapa en la salsa: un sonido más áspero y callejero que rompe con la tradición de las Big Bands estadounidenses. En la misma línea, La Lupe se convierte en un puente entre la música de salón y la voz del arrabal, con su estilo hiriente y visceral.
El autor diferencia a Palmieri de Willie Colón, señalando que este último mantuvo siempre la base del son, mientras Palmieri daba prioridad a la experimentación armónica y rítmica, más para el disfrute del oyente que para el baile.
También resalta la importancia de Cheo Feliciano como figura capaz de conectar la vieja música popular con el espíritu salsoso de los años 70, aunque —según Rondón— la industria no supo darle el lugar que merecía.
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La Fania y el debate de la comercialización
La película Salsa (1973) marcó el inicio del “boom” faniero, pero también el intento de americanizar y comercializar un movimiento que nació en los barrios latinos. Rondón critica este enfoque al señalar cómo se ocultó la raíz popular y barrial en favor de un relato mercantil.
Asimismo, reflexiona sobre figuras como Johnny Pacheco, visionario pero más preocupado por la sonoridad que por mantener viva la esencia de los soneros, y menciona hitos como el concierto Tico–Alegre de 1975 en el Carnegie Hall o la histórica visita de la Típica 73 a Cuba, que reafirmó la legitimidad internacional de la salsa.
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Figuras y estilos: de Maelo a Oscar D’León
Rondón dedica espacio a Ismael Rivera (Maelo), cuyo estilo rompió los moldes del montuno tradicional. También aborda las tensiones que vivió en su carrera, desde sus inicios con Cortijo hasta su paso por la Fania.
Sobre Oscar D’León, Rondón afirma que se convirtió en un fenómeno único: sonero de virtudes clásicas pero también innovador, capaz de transformar el montuno en un espectáculo cargado de inteligencia, frescura y carisma.
Además, el autor menciona la importancia de la Dimensión Latina en la proyección de Venezuela en la escena salsera y señala a otros grupos poco conocidos que enriquecieron el panorama musical de los años 70.
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La mirada académica: salsa, barrio y memoria musical
Más allá de lo estrictamente musical, Rondón plantea que la salsa es la expresión urbana por excelencia, síntesis de ritmos latinoamericanos que encuentran su espacio en el barrio como escenario sociocultural. Para él, la salsa es una forma abierta que refleja la vida cotidiana de las comunidades migrantes en las ciudades modernas.
El antropólogo Alejandro Ulloa reconoce la importancia de la obra de Rondón, pero discrepa en varios puntos:
Considera que la salsa no es exclusivamente la crónica del Caribe urbano, pues también incorpora referencias no urbanas y vínculos con tradiciones africanas y coloniales.
Señala que el término “salsa” ya circulaba en Nueva York desde 1961, antes de la periodización propuesta por Rondón.
Afirma que la diversidad instrumental (vibráfono, trompetas, violines, guitarra) demuestra que no solo el trombón identificaba a la salsa.
Propone entender la salsa como una memoria musical latinoamericana, más que como un fenómeno exclusivo del barrio caribeño.
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Conclusiones
La riqueza de El libro de la salsa no reside solo en la descripción de músicos, discos y estilos, sino en haber planteado la salsa como un fenómeno cultural complejo. Rondón abrió el camino para que investigadores, críticos y melómanos la entendieran como parte de las identidades urbanas latinoamericanas.
Ulloa, por su parte, amplía y discute esos planteamientos, recordándonos que la salsa es una música diversa, atravesada por tensiones entre lo comercial y lo barrial, lo urbano y lo tradicional, lo local y lo transnacional.
Más de cuatro décadas después, la obra de Rondón sigue siendo una referencia obligada para quienes
quieran comprender la historia y el sentido cultural de la salsa.