En Lima, la salsa no fue un simple ritmo importado. Llegó como un pulso eléctrico que se mezcló con la vida diaria: con el humo de las combis, las esquinas de cemento, los bares de mesa de triplay y los patios donde una grabadora dictaba la ceremonia del fin de semana. Como recuerda Quintero Rivera, la salsa es más que música: es una forma de habitar el tiempo y el espacio, un mapa de afectos y pertenencias.
Los barrios la adoptaron con rapidez. Primero a través de vinilos y casetes traídos de contrabando, luego por las emisoras de radio nocturnas y, más tarde, por internet y plataformas como YouTube que multiplicaron el acceso y la memoria. Cada soporte no solo difundió canciones: también generó maneras de reunirse, reconocerse y contarse historias.
García Canclini advertía que el consumo cultural nunca es pasivo: se convierte en apropiación, en disputa de significados. Y en la Lima popular, escuchar salsa era delimitar un territorio simbólico. No se trataba solo de bailar, sino de trazar fronteras invisibles —como diría Barth— donde el gusto musical distinguía afinidades, marcaba diferencias y afirmaba pertenencias.
Con el tiempo, las preferencias se diversificaron: del catálogo clásico de la Fania se pasó a la timba cubana, al latin jazz, a la exploración de nuevas sonoridades. Esa transformación confirma lo que Abric señala sobre las representaciones sociales: lo colectivo no se congela, se reinventa, pero mantiene su función de cohesionarnos en torno a símbolos compartidos.
Contarlo exige un registro que vaya más allá de la descripción fría. Es narrar cómo la música acompaña los recorridos del barrio, cómo resuena en las memorias personales y colectivas, cómo convierte lo cotidiano en identidad. Escribirlo con el pulso de la crónica —al estilo de Monsiváis o Cabrera Infante— es reconocer que la salsa en Lima no es solo entretenimiento: es relato urbano, es espejo de pertenencia y es, también, un acto de resistencia cultural.